Hablar de prostitución equivale a colocar en una sola y misma categoría una infinidad de situaciones. Conviene en primer lugar distinguir, aun cuando no siempre sea fácil establecer una línea de demarcación, entre prostitución independiente y prostitución forzada. Si las mujeres víctimas de redes mafiosas se ven siempre obligadas a ejercer el oficio, hay otras que llegan a Europa occidental para prostituirse por voluntad propia, pero que al abandonar su país de origen ignoran las condiciones de esclavitud a que serán sometidas. Si bien las llamadas profesionales en Francia se liberaron de sus proxenetas entre 1975 y principios de los años noventa, y son hoy independientes, otras en cambio tienen un marido o un compañero que o bien no trabaja o lo hace muy poco. Entre esos extremos hay toda una variedad de obstáculos que permiten o no a las mujeres escapar de quienes las controlan.
Hay que distinguir también entre la prostituta profesional y la ocasional: algunas personas sólo se prostituyen cuando necesitan dinero extra, otras para comprarse droga. Y son mal vistas por las profesionales quienes les reprochan no respetar el código que las “verdaderas” prostitutas respetan. Existe un código semejante, que exige, entre otras cosas, no tener jamás un orgasmo en el trabajo. Esta prohibición rara vez se transgrede (aunque siempre puede haber un accidente), y tiene que ver con que una prostituta debe siempre estar en estado de vigilancia extrema a fin de controlar en todo momento el desarrollo del contacto y así prevenir toda violencia eventual por parte del cliente.
Tampoco es posible confundir a las prostitutas de lujo con las otras, ya sea por lo elevado de sus tarifas o por las diferencias en sus condiciones de trabajo. Y por supuesto es preciso distinguir entre hombres, mujeres, travestis, transexuales, operados o no, hombres que se prostituyen con mujeres o con hombres, mujeres que a su vez lo hacen con hombres o con otras mujeres.
Es difícil establecer los límites de la prostitución. Si su definición actual se resume a la remuneración recibida a cambio de actos sexuales con múltiples parejas, la historia y la antropología muestran que por prostitución se entiende también todo ejercicio de la sexualidad femenina al margen del marco legítimo fijado por cada sociedad, ya sea que el acto sexual sea consentido o no por la mujer (violación), o que sea o no remunerado.
Por lo demás, hay toda una serie de actividades remuneradas que tienen que ver con el sexo, pero que no suponen en sentido estricto, un acto sexual, y las personas que las ejercen se niegan a llamarse prostitutas, por el estigma que conlleva ese término. Tal es el caso de los table-dancers, de las desnudistas, de las ficheras en los bares, de algunas masajistas, o de las actrices de películas pornográficas.
martes, 24 de marzo de 2009
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